De entre muchas finalmente he elegido esta película por dos
motivos sobre todo:
por que es un muy buen ejemplo del cine entendido como
vehículo de ideas, reflexiones y preguntas, en contraposición al cine
esteticista o efectista que siempre cuenta la misma historia y al que la odiosa
industria hegemónica estadounidense nos tiene demasiado acostumbrados y, en
segundo lugar, porque demuestra, como ya hicieran directores como Truffaut, que
se pueden hacer películas estupendas con dos duros.
Un tercer motivo es que no desentona con el resto de películas
vistas en esta asignatura, tiene mucho que ver con la ciencia-ficción, la
fantasía y la filosofía más visceral. Incluso con la teología...
No es una obra maestra, pero sus grandes aciertos apenas se
ven empañados por sus limitaciones (más que errores). De hecho esas
limitaciones le dan un encanto especial.
Casi toda la película transcurre en una habitación donde el
protagonista, John Oldman, reunido con sus mejores amigos, revela, poco a poco su insólita historia ante
la estupefacción de todos. Un marco poco habitual para este tipo de historias,
aquí no hay efectos especiales, ni alienígenas, ni monstruos ni la casa blanca
es destruida. Sin embargo, bien podría ser el fin del mundo tal y como lo
conocemos. Aunque nos resulte increíble la historia, el espectador no puede
sino engancharse y llegar hasta el final con la limpia atención de un niño. Y
esa es la gran magia del cine que, en mayor o menor medida, toda película debe
tener.
Así que bravo por el director, Richard Schenkman, por el
guion, con una responsabilidad capital, y por los actores, desconocidos y muy
acertados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario