De Victor Fleming. 1939.
Esta película marcó mi infancia. Por sus colores y su banda
sonora, especialmente la mítica “Over the rainbow”. Por el viaje de Dorothy a
una onírica realidad donde todo es posible y a veces no está tan claro quiénes
son los buenos y quiénes los malos. Por sus alegóricos y entrañables
personajes. Porque Dorothy estaba sola, sin padres ni policía ni autoridad
encima. Por la bruja, por ser verde. Por el inquietante mago de Oz y la
increíble revelación que supone entender su verdadera identidad.
Y no sólo mi infancia, claro. Durante casi 70 años ya,
también la de millones de niños y niñas y niños y niñas que sobreviven dentro
de muchos adultos. Es una de las películas para todos los públicos más
imperecederas de la historia. A
Hollywood le costó esfuerzo y tiempo dar con el equipo necesario para rodarla
y, visto el resultado, mereció la pena. Además de una historia y un guión de
gran altura, destaca especialmente la banda sonora, el tratamiento del color, el
fantástico mundo recreado y la actuación de Judy Garland. Seguramente, de no
haber tenido que competir ese año con “Lo que el viento se llevó”, hubiera
acaparado los principales premios de la industria.
Además, su estreno en pleno inicio de la Segunda Guerra
Mundial multiplicó sus efectos catárticos y psicodélicos. Cuando vemos a
Dorothy rendida por el sopor en los campos de la adormidera, quizás no fuéramos
conscientes de que la protagonista de la historia seguía los pasos de una gran
tradición a lo largo de la Historia de la humanidad. Tradición de un camino,
baldosas amarillas aparte, de una forma de
conocimiento del mundo exterior e interior que permanecía vetado a nivel de
masas, especialmente desde el puritanismo victoriano y sus distorsiones imperantes
en el mundo anglocéntrico, y que eclosionaría más tarde en los años sesenta.
Por eso, junto con otros escasos ejemplos como Alicia en el país de las
maravillas, se la pueda considerar la primera película infantil moderna.
Le doy un “imprescindible”.
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